FUE ELEVADO AL CIELO

La Iglesia celebra el retorno glorioso del Hijo al Padre; al vencedor que, en la plenitud de su gloria, deja al tiempo para ir a la eternidad

• Ascención del señor

• Dinámica pastoral UNIVA

 

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11

 

“El mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo volverá como le han visto marcharse”.

 

SEGUNDA LECTURA

San Pablo a los Efesios 1, 17-23

 

“Todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”.

 

EVANGELIO

San Marcos 16, 15-20

 

“Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes”.

 

Después de seis semanas de cantar y gritar el aleluya, expresión de alegría: y de victoria, porque Jesús, el Hijo de Dios, destruyó en la cruz el pecado y venció a la muerte con su resurrección, la Iglesia celebra el retorno glorioso del Hijo al Padre; al vencedor que, en la plenitud de su gloria, deja al tiempo para ir a la eternidad.

 

A esta solemne despedida, este final de la vida visible de Cristo, se le da el nombre de Ascensión del Señor.

 

Hasta hace pocos años se celebraba el jueves, a los cuarenta días del Domingo de Resurrección, y era uno de los tres grandes jueves del año: Jueves Santo, de Ascensión y de Corpus Christi. La nota característica de la vida en este siglo es la prisa. El nuevo ritmo de apresuramiento, mercantilismo y productividad, motivó el cambio de esta solemnidad al domingo, para propiciar mayor participación de fieles.

 

Sube el que primero bajó. Eterno, infinito, omnipotente e inmortal, el Verbo de Dios descendió de la majestad divina para asumir, hacer suya la naturaleza humana. Es el prodigio con que San Juan inicia su Evangelio: “Y el Verbo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

 

Así ha formado parte en la historia de la humanidad; esa parte en la que se manifestó visible, audible, tangible, durante treinta y tres años.

 

Entró en el ritmo del tiempo, tanto cuanto en los divinos planes de salvación, desde toda la eternidad, estaba señalado: treinta años de vida oculta, con hogar y taller, y tres, sólo tres, de la enseñanza de la sabiduría divina de su palabra; de la continua bondad de misericordia y sus milagros en bien de los necesitados, y su amor infinito al aceptar la pasión y la muerte, para lavar con su sangre los pecados de todos los hombres.

 

Bajó al tiempo. El tiempo es ese misterioso fluir en el que todo empieza y todo acaba. No es el tiempo el que vuela; son todos los seres que van en el tiempo. Y en el tiempo van su pensamiento, sus deseos y anhelos, sus tristezas y sus alegrías, su acción y sus obras. Para el cristiano, el tiempo es ese espacio en blanco que ha de llenar con las obras que el amor inspire. Y siempre con plena conciencia de que es una irrepetible oportunidad. En el escenario llamado vida se cierra el telón, nada más hay esa oportunidad.

 

“Corran, de modo que lo consigan”. En el tiempo urge apresurarse para merecer el premio eterno. Trazó San Pablo la imagen de la vida cristiana, en la carrera del atleta: esfuerzo continuo para, en el estadio, ganar la corona de vencedor.

 

El modelo es Cristo: amó, se anonadó, se entregó y volvió vencedor. Así exhorta Pablo a los fieles de Corinto familiarizados en las competencias pedestres de los juegos olímpicos, nemeos píticos e ítzmicos: “¿No sabéis que los que corren en el estadio: todos corren, pero uno solo alcanza el premio? Corran pues, de modo que lo alcancen. Quien para la lucha se prepara, de todo se abstiene, y eso para alcanzar una corona corruptible; con mayor razón nosotros, para alcanzar una incorruptible”.

 

“Les conviene que yo me vaya”. En esos días que transcurrieron entre la resurrección de Cristo y su Ascensión, los discípulos fueron fortalecidos para ir después como testigos esforzados. Ellos, convencidos de que la resurrección del Señor fue tan real como su nacimiento, su pasión y su muerte, nunca entraron en dudas, en incertidumbre.

 

Y luego, ver a Jesús elevarse ante sus ojos fue motivo de inmensa alegría, porque ese prodigio los reafirmó en la certeza de que era el Mesías prometido, esperado, que llegó y, terminada su obra, partió.

 

Los preparó. Les dijo: “Voy a prepararles un lugar, pero volveré para tomarlos y llevarlos conmigo, para que donde yo esté también estén ustedes” (Juan 14, 2).

 

“No los dejaré huérfanos”. También les dijo: “Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos”. Ya no su presencia física, sensible; de ahora en adelante, su presencia espiritual invisible, pero tan cierta como cuando la veían y escuchaban”.

 

Vivir de fe, vivir con esperanza La Ascensión del Señor -a quien el pueblo cristiano no ve, pero cree en Él- es camino de santidad. El justo vive de fe. Nunca ha visto a Cristo y lo ama; muchos le han entregado su vida entera; muchos por Él han derramado su sangre. Era necesaria su Ascensión para dar lugar a la fe.

 

José Rosario Ramírez M.

 

No es un adiós

La solemnidad de la ascensión, que se celebra a los 40 días de la resurrección nos presenta en conjunto, un mensaje de esperanza pero que nos compromete, es la certeza de Cristo que triunfa sobre la muerte y victorioso vuelve al Padre, pero a la vez que nos deja con tarea: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”.

 

Con esta fiesta, no somos abandonados por Dios, en un valle de lágrimas, somos los continuadores de Jesús, a poner pies en presurosa para vivir lo que hemos recibido del resucitado, por lo mismo los dos ángeles que se presentan en la escena de la ascensión dicen: “¿Qué hacen parados mirando al cielo? El que ahora vuelve al Padre, volverá con nosotros”. En otras palabras, no desperdiciemos el tiempo emprendamos la tarea de vivir el Evangelio en todo momento.

 

La Ascensión de Cristo nos da la certeza del triunfo definitivo en donde la resurrección se entiende en todo cuanto es, no es sólo volver a la vida, para que todo siga igual, es vencer a la muerte y al pecado, para volver al Padre, a la casa que se nos ha preparado, no es un eterno retorno, mucho menos una reencarnación que es contrario y aberrante a la resurrección, es la vida en plenitud, con Dios en donde nada falta, no es un adiós, sino la indicación del camino y la certeza del destino a donde se va.

 

Esta fiesta nos permite entender las palabras que pronunciara el Papa Benedicto XVI al inicio de su pontificado cuando dijo: “Nosotros existimos para mostrar a Dios a los hombres. Tan sólo allí donde se ve a Dios, empieza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios viviente, llegamos a conocer lo que es la vida… No hay nada más hermoso que ser alcanzados, sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. No hay nada más hermoso que conocerle a Él y compartir con otros la amistad con Él”.

 

 

 

Fuentewww.informador.mx