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Para mayores informes acerca de este libro, lo pueden conseguir en el museo de Camerino Z. Mendoza, en donde puede adquirir el libro al mismo tiempo que conocer al autor de el mismo, o llamando directamente al Ayuntamiento de Camerino Z. Mendoza, Ver.

 

"Algunas imagenes son muy graficas y perturbadoras para algunas personas suceptibles, se recomienda discrecion y cuidado con los menores"

 

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INTRODUCCION

 

Bernardo García Díaz

Universidad Veracruzana

 

 

ESTE ALBUM FOTOGRAFICO busca reconstruir, a muy grandes trazos y a través de la imagen, cuatro décadas de la compleja y agitada historia de los trabajadores orizabeños, quienes, a partir de 1915 decidieran agruparse en sindicatos a la sombra de la Revolución Mexicana. Las imágenes presentadas poco tienen que ver con la memoria visual que se asocia tradicionalmente a la revolución. No hay trenes pletóricos de federales y soldaderas, tampoco aparecen jinetes a caballo entrando a las ciudades, ni asoman sus rostros coroneles de veinticinco años o capitanes de dieciocho. No es un libro con olor a pólvora que congregue a grupos combatienes, y por ninguna parte figuran “las tropas cansadas, agotadas, hechas pedazos, sudorosas y deshilachadas” que Jose Clemente Orozco vio en la sangrienta primavera de 1915 en Orizaba.

Que no aparezcan los temas mencionados en un volumen que se remite a la conmoción que estallo cuando Francisco I. Madero convoco a tomar las armas en 1910 para acabar con el régimen de Porfirio Díaz, parecería más bien extraño. Y sin embargo, este es un libro que se encuentra estrechamente relacionado con las movilizaciones armadas, políticas y sociales que se prolongaron por varios lustros y de manera sustancial modificaron el país más de lo que ahora se pretende.

 

 

El conjunto de fotografías seleccionadas está fuertemente ligado a la revolución, pues uno de sus ejes centrales es el sindicalismo industrial nacido al calor de la agitación social y política que tuvo lugar en buena parte de la nación. La constitución de los sindicatos de manera reconocida y legal, e incluso en buena medida el movimiento obrero mismo, fueron algunas de las principales consecuencias que trajo la Revolución Mexicana. En el caso particular de Orizaba, esto se confirma, pues fue con el arribo a la región – en la primavera del 15—de la facción constitucionalista y también, en menor medida, de la agitación laboral generada por la militancia de la Casa del Obrero Mundial (COM), que acabo de cerrarse de un largo proceso de organización laboral por parte de los descontentos e inquietos trabajadores concentrados en ese montañoso valle veracruzano. De igual manera, es necesario señalar que el nuevo estilo de vida, las aspiraciones y los cambios en las comunidades textiles orizabeñas estuvieron marcados por el tipo de país que comenzó a perfilarse a partir de 1920, a consecuencia de la destrucción del viejo régimen y del despliegue de las fuerzas políticas que surgieron vigorosamente alrededor de esos años.

La disponibilidad de agua abundante para generar energía hizo de Orizaba una región ideal para la introducción de las primeras grandes plantas hidroeléctricas en la industria textil.

 

 

Una de las percepciones que se puede desprender de un repaso aun apurado de esta obra es que el movimiento iniciado en 1910 – que se prolongo en sus conclusiones hasta los años treinta – no fue, ni en sus orígenes ni en sus consecuencias, una lucha exclusivamente agraria – aunque el meollo de la revolución fuera la irrupción rural armada --, ni solo una movilización de las clases medias, sino que en él también fueron protagonistas y beneficiarios, tempranos por cierto, los propios obreros industriales. De hecho, entre estos últimos, a pesar de no aportar la cantidad de participantes y victimas que dio el movimiento campesino a la contienda armada, se encontrarían algunos de los primeros grupos sociales que disfrutarían de la mejoría relativa, fragmentaria y acotada – pero al fin y al cabo aumento – de calidad de la vida que significo para diferentes sectores de las clases subalternas urbanas el acontecimiento nacional que en el año 2010 conmemoro su primer centenario. Ya tempranamente don Daniel Cosío Villegas, en su célebre ensayo “La crisis de México”, publicado en 1946 en la revista Cuadernos Americanos, advertía que la revolución había acabado por ser mas obrerista que campesina, mas urbana que rural, señalando que la legislación del trabajo resulto más voluminosa y prolija que la agraria, y que el movimiento obrero llego pronto a ser mas solido y fuerte que el agrarista. Sin embargo, hasta ahora el proletariado ha sido uno de los grandes olvidados en las interpretaciones generales de la revolución, que van desde el maderismo hasta el cardenismo.

Instalación de las estampadoras en la fábrica Santa Rosa. En primer plano, frente a las maquinas, el ingeniero Archibaldo Melrose, subdirector de la construcción de la fábrica, y el técnico Tariel; detrás, como telón de fondo, obreros no calificados y peones de la construcción.

 

Vicente Lombardo Toledano, en una conferencia impartida en los años veinte, donde defendía lo que él llamaba el carácter humanista de la revolución – hecha no solo de un impulso destructivo --, se refirió precisamente a los avances y conquistas que los trabajadores orizabeños habían alcanzado notablemente en sus espacios de trabajo y en sus villas fabriles. Y son estas nuevas comunidades obreras emergentes en el espacio geográfico y en los ámbitos laboral y social, las que aparecen retratadas. Aquí se aprecian imágenes de sus proyectos educativos, bandas de música, novenas de beisbol y grupos que practicaban los nuevos tipos de ocio y, por supuesto, también se ve a los miles de obreros que desfilan, multitudes que se manifiestan abiertamente y con gran seguridad a partir de sus organizaciones.

 

Lo que se narra a través de la lente es un episodio de la historia del ascenso de la clase obrera mexicana, de la mayor presencia e incidencia proletaria en los asuntos públicos regionales y nacionales, y de un creciente poder comunitario construido, por supuesto, desde abajo. Exactamente lo contrario de lo que pasa ahora, y desde hace varios sexenios, sobre todo a partir de que los neoliberales llegaron a este país. En la actualidad, el conjunto de la clase obrera tradicional ve menguada no solo su capacidad de negociación contractual, su poder de incidir en la política social y el numero de su contingente – frente al crecimiento desmesurado del desempleo y del trabajo informal –, sino que ha estado viviendo un proceso de precarización y de perdida notable de su presencia en casi todas las esferas de la política, salvo, desde luego, ahí donde funciona como clientela subordinada – y privilegiada en algunos casos – al proyecto político en turno. Inclusive, como se ha señalado hasta su historia ha decaído en el gusto del público y los investigadores andan detrás de otras temáticas que son quizás más impactantes o novedosas.

 

 

En esos años de la primera mitad del siglo XX, el crecimiento y la consolidación sindical en todo el país no se hicieron sin costos, pues a largo plazo – debido a que los nexos de las organizaciones obreras con el Estado se fueron estrechando cada vez más, sobre todo después de la cuarta década – ocurrió una notable pérdida de independencia de los sindicatos y una creciente subordinación de estos a la política y a los políticos. Así, terminaron por pasar a un segundo plano los intereses más genuinamente colectivos, aquellos que venían de la base. El mismo Cosío Villegas advertía, ya en los años cuarenta, los riesgos de la relación perversa entre gobierno y obreros, cuando escribía en su ensayo citado anteriormente:

Grupo de trabajadores conducidos a prisión por los soldados de la federación. El 7 de enero de 1907, serian mas de 200 los obreros del valle de Orizaba apresados, varios de los cuales fueron mandados a Quintana Roo, a los trabajos del ferrocarril militar.

 

El movimiento obrero mexicano ha llegado a depender de un modo tan cabal de la protección y del apoyo oficiales, que se ha convertido en un mero apéndice del gobierno, al que sigue en todas sus vicisitudes, de grado o por fuerza [….] Este maridaje ha sido perjudicial a ambos cónyuges: al gobierno le ha impedido resolver problemas de tanta importancia para la economía general como el de los ferrocarriles y el del petróleo [….] a la organización obrera la ha envilecido y degradado y, lo que es peor, la ha condenado a desaparecer o a pulverizarse en el instante mismo en que no cuente con el beneplácito gubernamental [….].

 

 

El proceso de la incorporación de los obreros y de las clases populares al Estado fue sumamente largo, complejo y contradictorio, y asumió diferentes naturalezas dependiendo del periodo y de la rama industrial o de servicios de que se tratara. Esto lo advirtió muy didácticamente Friedrich Katz cuando, con certera sencillez señalo:

 

Bajo Obregón fueron aliados porque necesitaba de los agraristas y aun de los sindicatos para combatir a grupos rebeldes del ejército; bajo Cárdenas, la confederación de Trabajadores de México y la Confederación Nacional Campesina fueron socios del gobierno con una gran medida de libertad: hacían huelgas y ocupaban tierras; bajo el Partido Revolucionario Institucional (PRI) estaban subordinadas las clases sociales al Estado, lo que no significa que el PRI no tuviera que hacerles concesiones.

Rafael Moreno, presidente del Gran Circulo de Obreros libres de Santa Rosa, fusilado el 9 de enero de 1907 – junto con el vicepresidente Manuel Juarez --, mientras los silbatos de las fabricas llamaban a los obreros a regresar al trabajo. Se le acuso de ser el principal promotor del rechazo al laudo de Porfirio Diaz , leído el 6 de enero en el teatro Gorostoriza de Orizaba, con el cual se pretendió que los obreros regresaran a laborar el 7 de enero. Esta imagen fue tomada del periódico La Vanguardia, editado en Orizaba en 1915.

Contra lo que a veces se ha sostenido, no fue a partir de la firma de pactos – como el de la Casa del Obrero Mundial con el constitucionalismo en 1915, o como el de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) con Álvaro Obregón en 1919 – que el proletariado sello su pérdida de independencia.

 

A pesar de que la revolución oficial estaba interesada desde el principio en cooptar, neutralizar y manipular las demandas proletarias – e incluso reprimió a los sindicalistas independientes --, los obreros emergieron con gran fuerza y militancia, y aunque nunca llegaron a poner en crisis al Estado Mexicano, si lo obligaron a atender, en varias ocasiones y de manera efectiva, sus diversas reivindicaciones. En efecto, el periodo del que primordialmente trata el libro, particularmente los años veinte y treinta, corresponde a una época en que la clase obrera era más protagónica, menos dependiente y, en varios casos, poseedora e impulsora de su propia agenda.

 

La idea de utilizar la fotografía para reconstruir este capitulo de la historia obrera mexicana es fruto de la abundancia de material iconográfico y, por supuesto, de la convicción de que las fotografías siempre dicen mucho. Los sindicalistas textiles estaban muy conscientes del poder de la imagen, la propaganda y la memoria histórica, no en balde eran herederos de la revuelta de Rio Blanco. Contarían con un fotógrafo permanente, José Mayorga – sobre quien abundaremos más adelante --, lo grafico en su prensa seria importante, e incluso llegarían en 1930 a ordenar la filmación de una de sus manifestaciones. La realidad es que las fotografías poseen una gran fuerza, y pueden transmitirnos situaciones, sensaciones, ambientes y actitudes; se aprecian gestos y momentos irrepetibles que solo la imagen revela. En los últimos años, afortunadamente, un sector importante de la historiografía mexicana ha terminado por reconocer el valor irremplazable de la fotografía en el conocimiento de la historia no solo como auxiliar en el discurso histórico. De hecho, muchas de ellas son documentos fascinantes no tanto por su belleza plástica, sino porque vuelven visibles y evidentes aspectos de la realidad que en ocasiones pasan desapercibidos, lo mismo a los investigadores que al público en general. Se podría abundar sobre cada una de las imágenes y algunas de las interpretaciones y múltiples significados que dan lugar, pero por esta ocasión preferimos que el propio lector, quizás con el apoyo del texto, haga su propia lectura

Una víctima anónima, obrero textil de la fabrica Santa Rosa, aguarda la muerte con los brazos cruzados, en tanto que desde los techos de las bodegas de algodón de la Santa Rosa, los federales disparan sobre la tienda del general maderista Camerino Z. Mendoza, que termino destruida por las llamas el  8 de marzo de 1913.

 

Antes de presentar el álbum fotográfico, es útil ofrecer, aunque sea de manera muy somera, el contexto de la formación de la clase obrera orizabeña, es decir, delinear cual fue el marco económico, social y cultural en que iría formándose el proletariado textil de esta región veracruzana, señalando asimismo cuando y de qué manera ocurrieron sus primeros intentos organizativos y sus luchas mas clamorosas. Esto es necesario para disponer de un referente histórico de los cambios que se vinieron sucediendo a partir de la destrucción del viejo régimen y de la creación del nuevo Estado que surgió de la Revolución mexicana.

 

 

Fue durante el periodo porfirista cuando en Orizaba tuvo lugar un vertiginoso crecimiento manufacturero e industrial. Se conjugaron entonces varias condiciones favorables para el florecimiento de talleres y plantas industriales: una que de antaño tenia la zona era la de abundancia de agua; no solo se disponía de la energía que se podía desarrollar  a partir de las aguas del rio Blanco, sino que además se contaba con otras corrientes y manantiales para todo tipo de usos. La riqueza fluvial había permitido, desde la época colonial, instalar molinos de trigo y explotaciones azucareras, pero cuando se introdujo el uso de energía eléctrica para la fabricación de bienes, se pudo obtener mayor provecho de las aguas nacidas de los deshielos del Citlaltepetl. La estratégica ubicación del valle, en el trayecto entre Veracruz – el principal puerto y la puerta de acceso al mundo Atlántico – y la capital del país, no era un valor menor. Tal situación se vio considerablemente potenciada con el trazado del Ferrocarril Mexicano, el cual comenzó a surcar la zona desde 1873. Estos elementos atrajeron el capital indispensable, en su mayor parte de extranjeros, para el establecimiento de industrias.

Tendidos en el suelo, algunos de los obreros fusilados en el interior de la fabrica Santa Rosa en marzo de 1913. El número de víctimas ascendió a veintiséis, y entre estas estuvieron militantes maderistas y precursores de las nacientes agrupaciones obreras.

Martin Torres padilla en un retrato de cuerpo entero de la cuarta década. Oriundo de Orizaba, donde nació en 1895, trabajo en la fábrica Cerritos y luego en la Rio Blanco para militar activamente como dirigente sindical. Fue el principal líder de la región durante las dos primeras décadas de existencia del sindicalismo y su participación fue fundamental en la Convención Textil de 1925-1927. Desempeño incontables comisiones como especialista en la contratación colectiva, así como diferentes cargos de elección popular, y aun esta a la espera de su biógrafo.

 

 

Una parte del auge estuvo basada en la ampliación y renovación de antiguas manufacturas en ramos como el tabaco y el azúcar. En la primera década del siglo XX funcionaban dos cigarreras – El Moro Muza y El Progreso --, a las que habría que agregar tres purerias, entre las que destacaba La Violeta, que llegaba a producir anualmente hasta cinco millones de puros. Las fabricas de azúcar y aguardiente eran cuatro: Cuautlapan, San Antonio, Escamela y Jalapilla. También los molinos cerealeros mantendrían su relevancia, entre ellos se distinguía el Santa Elena.

 

 

Pero el crecimiento también estuvo signado por la aparición de industrias nuevas como la Compañía Manufacturera El Yute, fundada por capital ingles en 1892, la cual estaba electrificada y contaba con más de 800 operarios, o la Cervecería Moctezuma, inaugurada en 1896 como sociedad anónima por capitalistas alemanes. A las actividades modernas habría que sumar los talleres del Ferrocarril Mexicano, que con sus 800 trabajadores eran los más importantes de la línea. Sin embargo, sería el desarrollo de la industria del algodón el que descollaría de manera notable y, durante la mayor parte del siglo XX, le otorgaría a la región su sello, como en otras épocas se lo había dado el comercio o el tabaco. En lo que se refiere a la industria textil, hay un célebre antecedente: la fabrica Cocolapan. Esta fue fundada tempranamente en 1839 por accionistas franceses asociados nada menos que con Lucas Alamán, uno de los más connotados promotores de la industrialización del país. La Cocolapan en su momento fue una de las fábricas más grandes del hemisferio. Sin embargo, el auge de fines del XIX correspondía claramente a un nuevo periodo de expansión y modernización que vivió la industria textil, y que se caracterizo por el aumento del tamaño de las plantas – fundadas por sociedades anónimas – y por métodos de producción mucho más eficientes.

Teniendo como fondo las soberbias montañas de la Sierra Madre Oriental, que aprisionan el valle desde todos los puntos cardinales, se alzan, con no menos altivez que aquellas, las vetustas iglesias católicas, testimonios del abolengo colonial de la ciudad y del carácter de la levítica Orizaba.

 

El proceso de modernización vino a inaugurarse precisamente con la creación de la Compañía Industrial de Orizaba, S.A. (CIDOSA). Fundada por los famosos y creativos hombres de empresa barcelonnettes, que había alcanzado notables fortunas en el comercio, la CIDOSA estableció la Rio Blanco en 1892, la cual sería entonces la más grande y moderna del país; además, compro las fabricas San Lorenzo, Cerritos y Cocolapan y las renovó, amplio e integro productivamente a la Rio Blanco.

 

A estas factorías se sumaría la Mirafuentes, una hilandería también de capital extranjero establecida en Nogales. El proceso culminaría con la creación de la Santa Rosa, inaugurada en 1899, y también propiedad de inversionistas franceses agrupados en la Compañía Industrial Veracruzana S.A. (CIVSA). Si las fabricas de Santa Rosa y Rio blanco, como se ha escrito, hubieran sido instaladas en los Estados Unidos en la primera década del siglo XX, habrían sido de las más grandes y tecnológicamente avanzadas de esa nación.

 

 

Al impresionante desarrollo fabril correspondió la concentración de un proletariado formado a través de un proceso migratorio. Estos trabajadores provenían de una amplia área que comprendía tanto los estados de México, Puebla y Tlaxcala, que constituían la principal sede de la industria textil de la época, como el suriano estado de Oaxaca y de otras entidades más distantes, como Guanajuato, Michoacán y Querétaro.

Calzada que conducía a la Cocolapan, la fábrica textil más antigua del valle de Orizaba, fundada en 1839 por Lucas Alamán y los hermanos Legrand en la parte sur de la ciudad, a orillas del rio Blanco. Esta factoría en su momento seria una de las más grandes del hemisferio.

 

Las corrientes migratorias se hallaban compuestas por hombres de distintos oficios y condición social. Llegaba, por ejemplo, el indígena de la Mixteca, para quien el ingreso de la fabrica no era sino una de las varias modalidades económicas de que disponía en su descenso temporal a las tierras bajas de Veracruz. Arribarían los obreros del valle de México, de la capital y de la zona textil ubicada en pueblos como Tlalpan, Contreras y San Ángel; en algunos casos estos “mexicanos” eran tejedores de segunda generación que acudían en pos de nuevas oportunidades. Con la misma intención llegaban los experimentados tejedores poblanos de la capital de estado. Con ellos compartieron la experiencia de la migración los llamados “campesinos-obreros” de Tlaxcala, quienes alternaban el trabajo agrícola con el fabril. Los campesinos poblanos, que huían de las presiones territoriales de los hacendados en los distritos agrarios de Chalchicomula, Tecamachalco y Tehuacán, también se desplazaron. Estos poblanos que venían de un contexto rural formaban parte de uno de los grupos más numerosos, seguido por los migrantes de Oaxaca.

 

 

Desde regiones más remotas, como el Bajío, vendrían al lado de los michoacanos y los guanajuatenses, los queretanos. Por todo lo anterior, como ha señalado el profesor Womack, “hay que pensar en una historia obrera  de desarraigados, de formaciones sociales nuevas, de compañeros improvisados, de sentido y lealtades de clase nueva, de un México nuevo, luchando por conservar relaciones útiles del pasado, pero al mismo tiempo forjando valores nuevos que ellos mismos iban creando”.

El gran teatro Ignacio de la Llave – llamado así en nombre del prócer liberal orizabeño del siglo XIX --, enfrente, el kiosco del parque Apolinar Castillo. Para 1910 Orizaba, la “Pluviosilla”, era una ciudad media que tenía alrededor de treinta y cinco mil almas y se desempeñaba como la cabecera del cantón del mismo nombre.

 

Es de advertirse que era una abigarrada multitud la que entraba, pero también salía, incesantemente de las fábricas, pues debe señalarse que el primer flujo de clase obrera congregado en el valle orizabeño era un poco nómada, y difícil de sedentarizarse. En efecto, al movimiento permanente de la población que llegaba, correspondía otro igualmente vigoroso de gente que salía. El valle debió ofrecer la impresión de un hormiguero, con toda esa masa colorida y fluctuante. Además de su nomadismo, este proletariado en formación tenía otras dos características particulares; una era su juventud – por ejemplo, en Santa Rosa 60% de los tejedores tenían menos de 24 años --, y la otra que su índice de analfabetismo era menor al promedio nacional.

 

Si la heterogeneidad de los inmigrantes dificulto inicialmente la unidad, la modernidad de las empresas actuaria en sentido opuesto. La capacidad de las modernas fabricas de amalgamar a los obreros, contribuyo a diluir parcialmente y en pocos años las divergencias y divisiones más evidentes entre los trabajadores. Por sus dimensiones, las fábricas concentraban en recintos delimitados a considerables conglomerados obreros, y en ellos los antagonismos de clase con los directivos eran más perceptibles. La concentración permitía también la circulación de ideas y el contagio de experiencias entre unos y otros. Ciertamente, un elemento relevante para la conformación de una conciencia  de clase entre los trabajadores fue el arribo de obreros ya familiarizados con modernas formas de lucha, como las huelgas, lo que permitió a estos conglomerados ahorrarse el recorrido de un largo camino antes de lanzarse a la batalla laboral. Tanto en la fabrica San Lorenzo como en la Santa Rosa estallarían tempranamente – en el mismo año de inicio de sus actividades – huelgas por reivindicaciones obreras. Evidentemente, la disputa laboral local fue heredera privilegiada de toda una serie de experiencias asociativas y de lucha surgidas y desarrolladas en el Altiplano, en la segunda mitad del siglo XIX; vivencias colectivas que se recrearon y fundieron espléndidamente en esa magnífica fragua que constituyeron las compañías industriales francesas.

 

 

Quizá fue el mismo auge reivindicativo el que contribuyo a la crisis laboral del invierno de 1906. Esta alcanzo su punto más álgido al decretarse un paro patronal de dimensiones nacionales que, el 24 de diciembre de ese año, puso en la calle también a los obreros veracruzanos. Porfirio Díaz expediría un laudo a partir del cual se deberían reanudar los trabajos. La mayoría de los textiles de diferentes estados retornaron a sus fábricas, pero los de Orizaba no. El lunes 7 de enero de 1907 estallo la revuelta del Rio blanco, que mas que una huelga fue un estallido de furia. Ese día una multitud enardecida inicio un tumulto en Rio Blanco asaltando e incendiando la “tienda de raya” de Víctor Garcin. A continuación los trabajadores de Rio blanco, Nogales y Santa Rosa, marcharon por la carretera que atravesaba los pueblos fabriles, saqueando empeños y comercios de extranjeros y prendiéndoles fuego. Asimismo liberaron a los presos de las cárceles municipales, enfrentaron las balas de los soldados federales y corearon durante la jornada vivas a México y a Juárez. La muchedumbre vivió la revuelta lo mismo con furia y cólera, que como un ansiado momento de liberación colectiva: el estallido de un grito demasiado tiempo contenido.

 

Edificio de la Cervecería Moctezuma, inaugurada en 1896 y fundada por accionistas alemanes que aprovecharon la buena calidad de las aguas de la región e importaron de Europa central el estilo Pilsner de hacer cerveza. Ahí nacerían la Sol, la Dos Equis y la Superior.

 

 

Si vasto fue el tumulto, mayor seria la energía con que se sofoco esta explosión que, a la postre, tendría un gran impacto político. Fueron decenas de vidas obreras las que acabaron segadas ese día y los sucesivos, debido a las ejecuciones sumarias ordenadas por el gobierno del capital. Pero ni el dolor del pesar de tantos muertos ni las amenazas quebrantaría el espíritu de lucha. Para decepción de quienes ordenaron la represión, el abatimiento reinante en la semanas, meses y años siguientes no fue tan profundo, o por lo menos no de esa especie  que solo encuentra alivio en la resignación. Así que, en pocas semanas y en todos los años de las postrimerías del régimen continuarían las huelgas. La huelga y revuelta de 1907 fue la conmoción obrera más fuerte del Porfiriato, tanto, como ya ha sido advertido, porque ocurrió en el centro del país alrededor de la capital, el centro nervioso más sensible de la política nacional, como porque asumió el carácter de un enfrentamiento abierto de clases, de carácter no solo regional sino de una envergadura más amplia al involucrar a patrones y obreros de diferentes entidades. A ello habría que añadir el desenlace violento que tuvo y contribuyo, sin duda, a erosionar notablemente la legitimidad del antiguo régimen, que a partir del nuevo siglo vivió un conjunto de crisis que fueron preparando su derrumbe.

 

 

Durante el maderismo, el valle de Orizaba fue una de las regiones de mayor efervescencia, y los movimientos reivindicativos no pararon, lo mismo por disminución de horas de trabajo que por aumentos salariales. Los años inmediatamente anteriores a 1915 están marcados por una agitación intermitente y por diversos experimentos organizativos. Si no se logro una organización estable fue en buena medida por la represión permanente de que fueron objeto los obreros, y en especial los militantes, en ocasión de los movimientos. Las victimas sacrificadas en las poblaciones de Rio blanco, Nogales y Santa Rosa en 1907 no fueron las únicas. Las hubo en julio de 1912, cuando las fuerzas de voluntarios maderistas dispararon contra los operarios de Rio Blanco, con saldo de varios muertos. Las volvería a haber el 8 de marzo de 1913 en Santa Rosa, cuando los soldados de Victoriano Huerta fusilaron sumariamente a los obreros santarrosinos acusados de militar en el maderismo. Entre los fusilados se encontraba Esteban Zúñiga, quien apenas cinco meses antes había sido suspendido  temporalmente de la fabrica por ser vicepresidente de la sociedad de obreros de Santa Rosa. En ese 8 de marzo de 1913 también serian victimados el  general maderista Camerino Z. Mendoza, así como Vicente y Cayetano, dos de sus hermanos. A los fusilamientos y disparos contra los obreros se añadirían las represalias sistemáticas de que fueron objeto sus dirigentes. En rio Blanco, el maestro del Departamento de Telares llevaba una relación de los tejedores rebeldes en un expediente que era conocido como el famoso “Libro Negro”.

El palacio municipal de Orizaba, transportado pieza por pieza desde Bélgica en los barcos de la Compañía Trasatlántica Francesa e inaugurado en 1894. Por los materiales metálicos  que o conforman y por su diseño, que contrastaba con el de los templos coloniales, anunciaba los nuevos tiempos que soplaban en el valle orizabeño.

 

A principios de 1915, cuando arribaron a Orizaba los funcionarios constitucionalistas del trabajo procedentes de Veracruz, encontraron a la gente bastante curtida en lo que significaba enfrentar a la parte patronal, quienes sin embargo no habían podido llevar a cabo una experiencia organizativa estable, a la luz del día y sin subterfugios, y que no tenían mucho conocimiento de cómo debía funcionar formalmente su agrupación. El constitucionalismo, al enarbolar las banderas de la legalización de la existencia de las sociedades de resistencia, preparo las condiciones para la transformación de esas asociaciones obreras en sindicatos, aunque en realidad solo estaba acelerando un proceso que se venía cumpliendo lenta y fatigosa, pero también inexorablemente.

 

 

A partir de su constitución en sindicatos, los trabajadores orizabeños no tardaron mucho en convertirse en uno de los principales bastiones del sindicalismo mexicano. En la región se concentraban varios miles de obreros de diversas industrias, manufacturas y servicios. Pero sobre todo serian los aguerridos textiles los que le darían a la zona su permanente y característica beligerancia. Agrupados en la Cámara del Trabajo desde 1916, decidieron, de manera totalmente independiente, afiliarse en 1919 a la recién fundada CROM. Durante la época de oro de esta, sin duda los trabajadores textiles llegaron a ser una de sus fuerzas fundamentales. Aquí es pertinente reconocer el relevante poder que alcanzaron, no obstante no formar parte de algún sector estratégico, como podrían ser las comunicaciones o los energéticos. Aun así, por un buen tiempo la actuación de la CROM orizabeña se diferencio notablemente de la política de la dirección nacional, que en mucho se caracterizo por su colaboracionismo, corrupción y por ser demasiado dependiente del Estado en muchos sentidos. La confederación orizabeña desarrollo numerosas luchas marcadas precisamente por su sorprendente intensidad, amplitud e independencia. Pronto se encontraron los textiles veracruzanos entre los mejor pagados del país, y con más poder al interior de las fábricas, sin que eso significara, como lo ha demostrado claramente Aurora Gómez Galvarriato, que en dichas empresas decayera la productividad laboral en esos años. Lo anterior confirma contra lo que insistentemente se quiere hacer creer, mas ahora con la epidemia neoliberal, que no es a través de la miseria obrera o de la precarización de su condición que se obtiene el florecimiento económico, como lo pretenden las nuevas legislaciones laborales en México y en general en el mundo.

Vista estereoscópica de las plataformas de ferrocarril de cable que comunicaba el aserradero de Sierra de Agua, municipio de Nogales, con la parte baja del valle de Orizaba. Por aquí bajaba la madera de los montes talados en las estribaciones del Citlaltepetl.

 

Los textiles no eran los únicos sindicalistas industriales. Existía también el contingente de obreros cerveceros que, a partir de mediados del siglo, se fue volviendo más y  más importante con el crecimiento de la planta donde trabajaba. Pero su singular historia es muy particular y desborda los límites de esta obra que se concentra básicamente en los obreros textiles. Aurora Gomez Galvarriato, The impact of the Revolution: Business and Labor in the Mexican Textil Industry, Orizaba, Veracruz, 1900-1930, tesis doctoral, Departamento de Historia, Universidad de Harvard, 1999.

 

Además de sus conquistas laborales, el sindicalismo orizabeño se caracteriza por llevar adelante un singular proyecto de organización de la vida colectiva de las comunidades textiles. Los company towns, fundados por las compañías francesas a fines del XIX, se fueron transformando a partir de la tercera década del siglo pasado en unión towns – pueblos sindicales --, con sus correspondientes instituciones, costumbres e intenciones. Cuando tomaron las riendas del poder local, los sindicatos establecieron proyectos que si no eran grandiosos tampoco fueron vagos. En realidad eran muy concretos, además de integrales. Lo mismo abordaban objetivos sociales y económicos, que recreativos y educativos, como se puede observar en las fotografías de este libro. En suma, el sindicalismo orizabeño de la primera mitad del siglo XX, nacido al impulso de la Revolución mexicana, desarrollo uno de los proyectos sociales más originales y abarcadores del periodo, cuando con gran energía se convirtió en el organizador de la vida de los pueblos fabriles. Es decir, su historia no solo fue de peleas y confrontaciones – en ocasiones muy violentas – con los empresarios, sino también de construcción, de propuestas de cambio y de mejoramiento de su condición.

 

Precisamente a esa historia hemos dedicado el presente volumen, inscrito claramente dentro de la conmemoración del centenario de la Revolución mexicana. Es un libro que adolece de notables ausencias de distinto tipo, como ocurre en muchas obras. Una evidente, se refiere a la iconografía, la cual se circunscribe básicamente a imágenes de grupos que posan para la cámara. Es decir las que presentamos son fotografías solicitadas ex profeso por obreros interesados en dar una imagen positiva, amable, grata, la de “una ocasión especial” para su grupo social. De ahí el epígrafe de Georges Perec que abre el álbum, y que alude a la ausencia – lamentándola – de imágenes de momentos cotidianos, comunes y corrientes, acaso banales y quizás hasta sórdidos.

 

 

La percepción que se ofrece sobre los trabajadores orizabeños es, por tanto, incompleta pero al mismo tiempo autentica y verídica; las imágenes captan y muestran momentos y aspectos reales y trascendentes de la clase obrera en ese periodo. No hubo en la región un Jacob Riis, el famoso fotógrafo social que retrato aspectos más duros, rudos y,  sin duda, menos gloriosos de las clases trabajadoras de los Estados Unidos. No aparece aquí plasmado el amontonamiento habitacional, la descalza infancia proletaria, el envejecimiento prematuro de las mujeres sometidas a doble jornada, la violencia intrafamiliar, el alcoholismo, la opresión del caciquismo sindical, etcétera. Aun así, no por ellas son menos verdaderas  las imágenes presentadas, pues constituyen también trozos reales de la vida de esos años. Lo que aparece, insistimos, son los aspectos más amables: los grupos vestidos “endomingadamente”, las bandas  musicales estrenando sus uniformes de gabardina inglesa, los impresionantes festivales de aniversario, etcétera, pero todo ello era también parte esencial del acontecer proletario de la época.

Portales de la principal avenida del pueblo de Nogales, ubicados precisamente frente a la fábrica textil San Lorenzo. Esta población era la más antigua del valle, junto con la cabecera Orizaba.

 

No llego a la zona un fotógrafo social, como el extraordinario y comprometido artista estadounidense mencionado líneas arriba, pero si nació en Orizaba, en 1889, un José Mayorga Contreras, excelente fotógrafo que capturo muchas de las imágenes de este álbum. De su padre, Miguel Mayorga – platero orizabeño que elaboro la corona de la Virgen de Guadalupe, venerada en la iglesia de la Concordia de su ciudad natal --, heredo la sensibilidad de artesano. Su obra inmensa – fruto de una tremenda capacidad de trabajo y sin duda de un no menor don de gentes – está compuesta de todo aquello que le solicitaba su múltiple y fiel clientela. Si bien su trabajo es universal y no se circunscribe a una sola clase social, la parte que corresponde al periodo ubicado entre 1920 y 1946, vinculada al trabajo que desempeño como fotorreportero del periódico sindical Pro-Paria, y en general a las relaciones de amistosa familiaridad que mantuvo con el mundo obrero de las villas textiles, es fundamental. Se le puede considerar como uno de los cronistas gráficos esenciales de esta fase  de la historia obrera del valle de Orizaba, que se significo por su originalidad y la trascendencia que alcanzo a escala nacional. Una manifestación obrera del periodo – aquel interminable desfilar de grupos compactos que se sucedían cargando sus pancartas  y calicós con lemas reivindicativos – es impensable sin la presencia de José Mayorga, erguido sobre un camión, con su Kodak 5 por 7, armada en Rochester, Nueva York, fijando para la posteridad el mar de ensombrerados que marchaba con brío, en medio de cohetes y redobles, hacia la antigua cabecera del cantón.

 

Tal vez a partir de las imágenes seleccionadas, por el tenor de algunos pies de foto, o la manera en que está organizado el libro, se pudiera concluir que este es fruto de la nostalgia por un mundo obrero regional ya desaparecido. Algo de verdad podría haber en ello. Asimismo, de la lectura de este volumen sería posible colegir que existe la pretensión de ofrecer una visión romántica del movimiento obrero y del sindicalismo del periodo. En sustancia, sin embargo, ni una cosa ni la otra están en el interés central y profundo de esa obra. Por lo que se refiere a lo primero, tenemos claro que el capitulo del acontecer obrero tratado es un periodo ya concluido, que es historia y que el mundo sigue caminando, no necesariamente hacia adelante. Por lo que respecta a lo segundo, es necesario afirmar que el tipo de sindicalismo que esta al centro de estos acontecimientos se caracterizo no solo por poseer una serie de rasgos “positivos”, sino por ser claramente autoritario, falto de democracia, personalista y que sus dirigentes en ocasiones no dudaron en utilizar la violencia contra las disidencias, estilo que no fue, por otro lado, exclusivo de las instituciones sindicales, sino que constituyó, en buena medida, la manera de hacer política que marco a la Revolución mexicana. No hace mucho tiempo, Alan Knight señalaba que el personalismo, el poder arbitrario, la corrupción, el clientelismo y la violencia formaban parte sustancial de la política informal de la Revolución mexicana, si bien admite que también existieron formas democráticas y burocráticas de hacer política. El sindicalismo de la época no era la excepción, ni siquiera el orizabeño que destaco por otros rasgos más favorables, sobre todo durante las primeras décadas de su existencia. Por cierto, un pecado no menor del sindicalismo retratado en este álbum fue el no cultivar capacidades de innovación una vez que se consolido.

Avenida empedrada que separaba la fábrica textil del barrio obrero – llamado los “cuartos” – de la villa de Santa Rosa. En esta sección de las galeras obreras se estableció la primera sede del sindicato local en el año de 1915.

 

 

A pesar de lo anterior, el proceso que aquí se recrea narra a través de la imagen y con el auxilio de la palabra una historia que recupera el protagonismo de las clases trabajadoras en ese periodo. Estas no ingresaron al paraíso – marchando libre y democráticamente – a partir de la revolución, pero su vida individual y colectiva cambio notablemente. Aun encasilladas en los marcos de una política como la que se activo y consolido con el nacimiento del nuevo régimen, el que los sonorenses Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles con gran pericia política comenzaron a edificar, las asociaciones obreras alcanzaron el reconocimiento de su personalidad como un factor decisivo en la constitución de la sociedad mexicana. En el caso particular de los trabajadores orizabeños, estos lograron un trato más digno al interior de sus recintos fabriles ,trabajaron menos horas, sus salarios mejoraron, se hicieron además dueños de la política local y regional – marcando el quehacer político veracruzano – e implementaron con gran creatividad proyectos educativos, culturales y recreativos que harían su vida más vivible, mucho más vivible que la que llevaban en el antiguo régimen, y además sentaron las bases para un extraordinario proceso de movilidad social a través de la educación para las generaciones que les sucedieron. Esto no fue un regalo: tuvieron que luchar, fueron perseguidos y en diversas ocasiones enfrentaron la muerte; es decir, lo que alcanzaron fue una conquista. Pero no lo hicieron solos. En 1910 estallo para su beneficio una disputa al interior de las elites y las clases medias que no se pusieron de acuerdo en que era lo que venía después de la era de don Porfirio, lucha que se les fue de las manos por la irrupción de las clases subalternas en el conflicto, especialmente de las masas rurales armadas, de las cuales emergieron personajes que se convertirían en legendarios, como Francisco Villa y Emiliano Zapata. Vinieron muchos años de lucha, de tremenda destrucción, de grande y atroz violencia sufrida por una gran parte del país. En 1917 se firmo una nueva Constitución bastante progresista, que conto con la aprobación de Venustiano Carranza, aunque en lo sustancial el no puso en marcha su aplicación.

 

 

  

Patio principal de la fábrica  Santa Rosa, fundada también por los dinámicos barcelonnettes. A la derecha, las bodegas de almacenamiento de algodón, a la izquierda, el Departamento de Acabados. En lo alto, las prominentes montañas del pueblo náhuatl de Necoxtla, sobre cuyo territorio que se extendía en el valle se edifico la fabrica. 

 

 

En el valle de Orizaba se levantaron varias de las fábricas textiles mejor equipadas del país que lograrían sustituir en muy buena medida los géneros de algodón importados del extranjero. En esta fragua industrial se forjaría el beligerante sindicalismo orizabeño. Maquinas afelpadoras de la fábrica Rio Blanco en la primera década del siglo XX.

 

 

En el momento de la ruptura de las fuerzas revolucionarias en noviembre de 1914, y ante la inminente toma de la capital por los ejércitos de la Convención, encabezados por Francisco Villa y Emiliano Zapata, los constitucionalistas se trasladaron al estado de Veracruz, que se convirtió en su retaguardia. A su paso por la región de Orizaba, Venustiano Carranza descendió del ferrocarril en Rio Blanco y celebro un mitin en el que llamo a los convocados a unirse a su facción. Algunos grupos de obreros ingresaron a los batallones regionales, que recibieron el nombre de Supremos Poderes, y otros se alistarían con los Batallones Rojos, pero la gran mayoría de los trabajadores del valle continuo laborando, aun cuando se adhirieron políticamente al carrancismo.

 

 

El dirigente Salvador Gonzalo García, a punto de iniciar un discurso en uno de los templos católicos tomados en Orizaba por los constitucionalistas en 1915 y entregados a los militantes de la Casa del Obrero Mundial (COM). Mecánico nacido en el estado de Puebla, Gonzalo García trabajo por una temporada en la fábrica de Rio Blanco; posteriormente migro a la ciudad de México, donde participo activamente en la COM. Fue uno de los firmantes del pacto con el que se crearon los Batallones Rojos; en 1915 retorno a Orizaba.

 

 

Después de que la turbulencia de la revolución llevo a Salvador Gonzalo García  de un lado a otro como organizador, los dirigentes santarrosinos lo atrajeron en 1916 hacia sus filas. Los años siguientes mostrarían la importancia cardinal de su arribo, pues con su experiencia y olfato político contribuiría al apuñalamiento de la organización. En el momento de su prematura desaparición, en 1923, era diputado por la Legislatura de estado de Veracruz, y en el bienio 1918-1919 había sido presidente municipal de Orizaba. Probablemente hubiera sido el gran líder del sindicalismo orizabeño.

 

 

Muy tempranamente el estado de Veracruz fue un centro de agitación y organización sindical. Ya en plena revolución, en 1916, se celebro en el puerto de Veracruz el primer congreso de trabajadores con el propósito de fundar una central nacional de sindicatos. El intento se frustraría por el enfrentamiento sin cuartel entre reformistas y anarcosindicalistas reunidos allí, pero el puerto se convertiría en una ciudad de poder político y radicalismo obrero y popular.

 

 

Inicio de la manifestación del 1º de mayo de 1930 en Santa Rosa. El sindicalismo que emergió en Orizaba, a partir de 1915, fue sin duda uno de los movimientos más vigorosos del país. Para ello se conjugaron la concentración territorial de los obreros, una notable capacidad organizativa y disciplina, solvencia económica, unidad y perspectiva política. Así, el movimiento debía su fortaleza, en gran medida, a las reservas internas de que podía disponer. De alguna manera la gran fuerza, energía y organización de las fábricas barcelonnettes se reflejaría en la capacidad organizativa y en el vigor del movimiento sindicalista de esos años.

 

 

Sindicalistas formando valla ante el arribo de delegaciones obreras en los aledaños de la estación del ferrocarril y frente a la Cervecería Moctezuma. La Confederación Sindicalista de Orizaba, aunque tenía solidez y fuerza, también se beneficio de su integración a la Confederación Regional de Obreros Mexicanos (CROM) cuando esta vivió su época de oro en la tercera década.

 

 

Era tan vigoroso el movimiento obrero que, cuando a fines de 1920 la CROM nacional perdió estrepitosamente su lugar hegemónico, las agrupaciones en Orizaba se mantuvieron firmes e incluso se consolidaron, llegando a alcanzar un lugar de mayor preeminencia en la organización nacional y un poder que preocupaba hasta las propias autoridades federales. Durante alguna etapa se convirtieron en la esquina dorsal de la CROM.

 

 

Al adueñarse del poder local, a partir de la revolución, los sindicalistas no solo ocuparon los diferentes palacios municipales, sino harían uso permanente también de elegantes edificios como el Teatro Ignacio de la Llave, el cual se transformo en el escenario de sus congresos, convenciones y todo tipo de manifestaciones. De hecho, la propia ciudad de Orizaba se convertiría en el teatro principal de sus manifestaciones.

 

 

Luis N. Morones, el zar del sindicalismo mexicano durante la tercera década del siglo pasado, mantendría un notable ascendiente sobre la Confederación Sindicalista de Orizaba, no obstante la gran fuerza e independencia de esta. Aquí se le ve bajo la bandera, en una imagen tomada en el interior del Teatro Ignacio de la Llave de Orizaba.

 

 

Disponiendo de los recursos permanentes que les otorgaban las numerosas cuotas de los agremiados, las organizaciones dejaron sus modestas sedes iniciales y comenzaron a levantar sólidos y amplios edificios sindicales. Aquí, en medio de estandartes y banderas, esta José Samaniego y Valencia colocando la primera piedra del Sindicato de Rio Blanco.

Convención Obrera Local realizada en 1921. Agrupados como Cámara del Trabajo desde 1916, los sindicatos mantuvieron una vida política interna bastante activa. En el grupo se puede encontrar, entre otros, a Gregorio S. Sánchez (cuarto de la primera fila), de Santa Rosa, reconocido por sus conocimientos técnicos de la hilatura; contrastando con la sencillez de la indumentaria de Sánchez, se encuentra a su lado, de corbata y sombrero de fieltro, José Samaniego y Valencia, de Rio Blanco, y a la derecha de este, Álvaro Meza, tejedor de Santa Rosa.

 

Aquí es pertinente señalar que el artículo 123 que se aprobó en Querétaro tampoco fue una dadiva. Detrás de su promulgación no solo estuvo la mente iluminada de una minoría de constitucionalistas. Estuvieron, además, las luchas obreras que se remontan a los movimientos pioneros del Porfiriato – huelga de Cananea y revuelta del Rio Blanco --, pasando por la agitación y huelga en sectores estratégicos como los puertos y ferrocarriles, hasta llegar a la gran huelga electricista en 1916 – reprimida y todo, pero de gran impacto --, que encabezaron, junto con los líderes de la COM, los militantes del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) en la también estratégica compañía de Luz y Fuerza de Centro, que atendía la demanda de energía dentro del país. Aun cuando los trabajadores no estuvieron representados directamente en Querétaro, los constituyentes reunidos no podían ignorar las incontables huelgas – la mayor parte de ellas defensivas y algunas hasta desesperadas, ciertamente – que estallaban en esos años por todos lados, frente a la brutal pérdida de poder adquisitivo y la crisis económica en general. La clase obrera era minoritaria en la estructura social, pero ya se había hecho presente clamorosamente y no se podía obviar por tanto la llamada “cuestión social”.

 

 

Al conquistar el poder los sonorenses, menos conservadores y más realistas que Venustiano Carranza, y sobre todo con mayor olfato político que este, adoptaron una actitud más abierta ante las organizaciones sindicales y sus demandas. En suma, fue por la conjunción de una larga lucha local y de una gran revuelta nacional que estallo en 1910 – hecha de muchos movimientos regionales heterogéneos, opuestos unos a otros y que lucharon entre sí --, que se dio un cambio en las condiciones de la clase obrera orizabeña.

 

 

Comité ejecutivo del Sindicato de Santa Rosa. Marjorie Ruth Clark, quien publico en 1934 un libro sobre los trabajadores de México – convertido actualmente en un clásico --, pudo observar el “control obrero total” de la política regional por parte de los orizabeños, “que no existía en ninguna parte de México”, y agregaría: “su disciplina interna es excelente y estos sindicatos han estado particularmente libres de la ambición, que ha llegado tan lejos en el debilitamiento e incluso la destrucción de las organizaciones obreras”.

 

 

Esta imagen de una excursión campestre permite constatar la unidad existente entre los trabajadores de las tres villas textiles, pero al mismo tiempo evoca el sentimiento de gremio fuertemente arraigado entre los artesanos, no obstante que laboraban en fábricas modernas que tendían a homogeneizar la fuerza laboral. No es casual que el Sindicato de Santa Rosa se llamara de “Obreros y Artesanos”.

 

 

Si anteriormente las imágenes de grupo se tomaban a petición de las empresas, después de 1920 la iniciativa fue de los propios trabajadores y artesanos que contrataban al profesional de la cámara para que los fotografiara, no solo como grupo de trabajadores sino como equipos deportivos, escuelas y grupos musicales. Este desarrollo de la autoestima fue, sin duda, uno de los más importantes avances de estos años y de alguna manera contribuyo a la creciente democratización de la fotografía. Aquí, ufanos y elegantes, los correiteros (mecánicos de telares), la “crema” de los trabajadores textileros.

 

Actualmente hay toda una tendencia a disminuir y demeritar los logros de la Revolución mexicana frente a la desigualdad económica que mantiene postrada a cerca de la mitad de  los mexicanos por debajo de la línea de  pobreza, y ante el estado de nuestra maltrecha democracia, vulnerada cotidianamente por los poderes facticos y el dinero, así como por la descomposición creciente del tejido social. La posición anterior también es consecuencia de un viraje ideológico no solo mexicano, sino global, que apuesta al adelgazamiento del Estado – cuestionando su función como árbitro y su papel redistribuidor – y que linda más bien con la veneración del sacrosanto mercado y la competitividad  a ultranza, sin importar los costos sociales de esta, como si la sociedad pudiera funcionar permanentemente generando un mundo de excluidos, residuos del progreso. Lo que  se les olvida a muchos de los cuestionadores – algunos han llegado a decir que no existió tal revolución – que esta concluyo por lo menos hace poco más de siete décadas  y la puntilla se la asestaron en los años ochenta los neoliberales. Por otro lado, no podemos endosar la solución ni cargarle las culpas de todos los complejos y numerosos problemas presentes a un movimiento que ocurrió entre la segunda y cuarta década del siglo pasado, aun cuando la retorica revolucionaria no dejaría de fluir sin interrupción. En realidad, esta es una discusión mucho más amplia  que escapa claramente a los modestos alcances de este álbum. Aun así, es necesario señalar que en el caso de Orizaba, y probablemente en los de otras regiones obreras del país, donde hubo la fuerza proletaria y política para aplicar a los preceptos del artículo 123, si ocurrió la revolución y esta fue popular, en tanto trajo beneficios concretos a diferentes sectores de las clases trabajadoras. Pero esto ya paso hace muchas décadas.

 

Es evidente que el mundo se transformo extraordinariamente a partir de los años setenta del siglo XX, no solo en Orizaba sino en todas partes, y que obviamente  los sindicatos necesitan reformarse radicalmente, sacudirse sus inercias, pesadas como losas, y que ya no pueden insistir anacrónicamente en vivir del viejísimo modelo contractual de la Revolución mexicana, como técnicamente se le ha llamado. De la manera en que este modelo funciona en los muchos lugares en que sobrevive – con todas las re funcionalizaciones que lo han maquillado --, ya no sirve, desde hace mucho tiempo, ni para sus agremiados  ni para el país, y no solo por lo mucho que atenta contra el normal funcionamiento de la democracia, sino por la onerosa carga económica que representa para México, ahí donde los dirigentes continúan disfrutando de la prebendas que les otorga el control corporativo.

 

 

La reforma laboral y sindical no solo es necesaria  sino imprescindible, pero a condición de que sea con la participación activa de los propios miembros de los sindicatos. En este sentido, la reforma laboral en ciernes, que se quiere imponer desde arriba y se traduce en un ataque frontal a la existencia de los derechos de los trabajadores – con la generación de relaciones esencialmente temporales, la supresión de la negociación colectiva, el abaratamiento del despido, etcétera --, no es la solución al problema. Por supuesto que debe cambiar radicalmente la cultura laboral, es indispensable un desarrollo productivo sustentado en la concertación, pero sin que esto implique  la desaparición de los mecanismos de autodefensa de los trabajadores: no se puede tirar la tina de agua sucia con todo y el niño, como señala el dicho popular.

En esta puesta en escena resulta evidente la intención de mostrar que los jefes sindicales son gente informada, atenta al mundo en el cual vive y que sigue los acontecimientos a  través de la prensa. Pueden identificarse sentados, en el orden acostumbrado: Eduardo Walles, Rosendo Ortigosa, Samuel Vargas, Alfredo B. Carrera y Catalino Rivera; de pie se encuentra Samuel Morales. Curiosamente el diario que tienen en las manos es El Dictamen, que se caracterizo por su estigmatización del sindicalismo en esos años.

 

 

En fin, en medio de esta ofensiva  contra los trabajadores, global, por cierto, como se puede ver en las protestas que surgen en todo el mundo – Atenas, Turín, Wisconsin, Paris, Madrid, etcétera, y hasta en la propia China --, vale la pena rememorar los momentos en que las clases trabajadoras tenían un mayor peso sobre el curso de sus propios destinos y merecían más respeto por parte del Estado, que cada vez abdica mas las funciones que tradicionalmente cumplía, y paso a paso se vuelve ciervo encubierto o manifiesto de los intereses de las corporaciones. Pareciera tener buena dosis de  verdad la radical afirmación de John Berger de que los estados nacionales se han reducido en lo general y que, políticamente, su papel se minimizo al de vasallos del nuevo orden económico: “El fin de la historia, lema global de las corporaciones no es un vaticinio: es una orden para borrar el pasado y lo que nos lego en todas partes”. El pasado que recoge este volumen ya feneció hace muchos años, pero en sus afanes y luchas, con todos sus límites y contradicciones, es posible atisbar algunas imágenes de lo que debería ser el futuro, más que nada, en lo referente a la participación de los trabajadores en el gobierno de su propio destino. La clase obrera no ha desaparecido, lo que ocurre es que ha cambiado en su composición, en su estructura económica y en sus divisiones técnicas e industriales.

Hilanderas de Santa Rosa en 1929. La mano de obra era básicamente masculina, con excepción del Departamento de Hilados en el que había secciones enteras, como la de Estirado, donde el trabajo lo desempeñaban exclusivamente mujeres. Así como en el mundo del trabajo predominaba el sexo masculino, también el mundo público era en su mayor parte reservado para los hombres, de ahí la escasez de fotografías de mujeres.

 

 

En el México contemporáneo, tan complicado y desgarrado por mil dificultades, con tantos nudos por desatar, a los que se añade el flagelo de la violencia, sería saludable – hasta como una manera de contrarrestar el pesimismo --, reconocer los logros que en otras épocas el pueblo mexicano ha alcanzado luchando; son conquistas que aunque pudieran parecer pequeñas – cuando la realidad no lo fueron --, y se han venido diluyendo, vale la pena no ignorarlas. Al mismo tiempo, es necesario dejar de ver nuestro pasado solamente como una cadena permanente de equívocos y fracasos. Por supuesto que hay que ser críticos, cada vez que sea necesario al tratar de interpretar nuestra historia, pero o debemos dejar de celebrar, sin mitificar, los pequeños o grandes avances ahí donde ocurrieron.

Guerrilla de trabajadores de Santa Rosa  que combatió a las fuerzas que apoyaron el levantamiento de los generales Francisco R. Serrano y Arnulfo R. Gómez, en 1927. En los años veinte, los obreros empuñaron las armas en defensa de los regímenes revolucionarios sonorenses. La guerrilla nació como cuerpo de defensa social de la población, después del levantamiento delahuertista. Su jefe fue Acisclo Pérez Servin, quien se encuentra al centro de la foto con su pequeño hijo del mismo nombre.

“Los mariachis callaron”, sería el pie de foto que hubiera seleccionado Carlos Monsiváis para esta expresiva imagen de la clausura del Departamento de Telares de Rio blanco – salón grande --, por la parcial modernización que vivió la industria en los años sesenta. En cierta medida esto marco el cierre de un ciclo histórico industrial orizabeño que comprendió el desempeño laboral de las dos primeras generaciones de trabajadores textiles. Al centro, los maestros del Departamento Agustín Flores Serrano y Juan romero, ya con la mirada de despedida del recinto donde habían dejado buena parte de su vida.

Novena Santa Rosa, en el viejo campo de la Unión Deportiva santa Rosa (UDSR). El beisbol, sin duda, destaco como el deporte más popular en este periodo, tanto por el número de equipos que se constituyeron como por la gran cantidad de aficionados que reunía alrededor de los diamantes. En Santa Rosa, como en muchas partes del país, el primer instructor de la pelota caliente seria un cubano.

Equipo Estrellas de la Unión Deportiva Rio Blanco (UDRB). A partir de las luchas y huelgas por la disminución de horas de trabajo, plasmada finalmente en la Constitución de 1917, la vida del trabajador se hizo más variada. Con la reducción de la jornada a ocho horas, conto con más tiempo libre, que no solamente ocupo en los tradicionales centros de reunión – como las pulquerías --, sino también bajo nuevas formas de sociabilidad. Estos cambios no se dieron en beneficio de las mujeres, pues para las trabajadoras menos horas de labor en la fábrica significaban más horas de actividad en las tareas del hogar.

Entrega de trofeos en el parque deportivo de beisbol de Santa Rosa. La aparición del deporte y el auge que cobro, fue una de las transformaciones más importantes en la utilización del ocio de la clase trabajadora industrial.

Gallos de Santa Rosa: feliz quien los vio jugar. La selección de la UDSR adopto el gallo como escudo, en la clara alusión al emblema de la fábrica textil local francesa. Para 1936 ya formaba parte de la Liga Mexicana, y en ella permaneció hasta 1938. Esta novena estaba integrada por obreros y reforzada permanentemente por cuatro jugadores cubanos.

Lanzamiento de práctica de El Zurdo, Ángel Lozano, desde la loma del diamante del estadio La Tropical, en La Habana de la posguerra. Jugando en este parque deportivo, en octubre de 1943, con la franela de la selección mexicana, El Zurdo quedo como pitcher vencedor contra la novena nacional de Cuba – que tenía como pitcher nada menos que a Jiqui Moreno --, en un reñido juego de 14 entradas que termino dos carreras contra una a favor de los mexicanos. Lanzador estelar de los Gallos de Santa Rosa y trabajador de la fabrica Santa Rosa, Lozano fue la mayor gloria del deporte local.

En un valle establecido en medio de una asamblea de montañas, colocado además en un estado de exuberantes parajes, no podía dejar de desarrollarse el excursionismo y también el llamado alpinismo dada la cercanía del Citlaltepetl, la mayor cumbre de la república. Este club estaba formado por trabajadores de la fabrica Santa Rosa.

El juego de la pelota de hule que trajeron los oaxaqueños, cuando migraron al valle de Orizaba a principios del siglo XX, todavía se continuaría practicando hasta los años cincuenta. Este club muestra la gran cantidad de adeptos que este antiguo deporte tenía en Santa Rosa.

Interesante fotografía de los ciclistas santarrosinos, que muestra como la Cervecería Moctezuma empezaría tempranamente a utilizar el deporte para su promoción: “para tener fuerza y valor” los excursionistas deberían tomar una Sol bien fría. También singular es que se les llamara excursionistas y no ciclistas a los deportistas retratados, tal seria el estado de los caminos. Los miembros de este club realizaron viajes memorables, como el de 1927 en que Perfecto Vallejo, Pedro Nájera y Lázaro Vázquez rompieron el record entre Veracruz-México, establecido por los ciclistas Caparruz y Reyes, que era de cincuenta horas.

Equipo de futbol Unión Deportiva de Rio Blanco, primera oncena fundada en el valle de Orizaba, fuera de la antigua cabecera del cantón. Fue organizada en el cuarto lustro del siglo pasado bajo el impulso de Raúl Bouffier, administrador de la CIDOSA. Los integrantes del UDRB eran empleados extranjeros de las fábricas, con excepción de dos o tres mexicanos, como el portero Andrés Jurado.

Para el cuarto decenio del siglo XX el futbol comenzó a adquirir popularidad, aunque estaba muy lejos aún de superar la pasión que despertaba el beisbol, que era el deporte típico de las villas fabriles. Fue especialmente en Rio Blanco donde se jugó en estos años con mayor calidad y pasión el deporte de origen ingles. Incluso una selección local reforzada jugaría en octubre de 1937 contra el F.C. Barcelona de Cataluña que en ese año realizaba una gira internacional por México y Sudamérica.

Escolares haciendo ejercicios en los terrenos donde se construiría el Campo Deportivo Esfuerzo Obrero de Santa Rosa. La imagen es del año de 1927, año en que llego la Misión Cultural de la Secretaria de Educación Publica, sembrando y cosechando grandes éxitos; aquí recluto a dos obreros, Federico Solís y Antíoco Mosqueda, para llevárselos temporalmente como maestros en otras regiones.

Las aspiraciones de gran parte de los trabajadores textiles de poseer una casa propia, motivación central para la creación de las colonias, fue plasmada palmariamente e esta fotografía de 1931 y en su leyenda. Juan Ramos, tejedor de la Santa Rosa, llegaría a convertirse en el segundo maestro  del Departamento de Telares.

La directiva de la Colonia Obrera, de Santa Rosa, posa frente a su escuela en construcción. Los obreros fueron agrupándose como colonos no solo para adquirir lotes con préstamos de la compañía textil, donde comenzar a levantar una casa propia, sino también para efectuar obras comunitarias y presionar a las autoridades para la obtención de servicios.

La fundación de colonias fue la mayor prueba del enraizamiento de los otrora trashumantes trabajadores. De aquí en adelante permanecerían tan arraigados en las villas textiles como los centenarios arboles que bordeaban las márgenes del rio Blanco. Testimonios de este afincamiento seria también el levantamiento de escuelas para sus hijos: en la imagen, la escuela de Barrio Nuevo de Rio Blanco en construcción. En la puerta, el responsable de la construcción, el maestro Montoro con una cuchara en mano, y arriba, en el balcón, señalado con una cruz, Agustín Flores, uno de los principales promotores de la obra.

A partir de 1917 la presidencia municipal de Santa Rosa paso a manos de los trabajadores. El primer presidente fue Maurilio Luna, de Quecholac, Puebla; en 1918 Simón Martínez, de San Juan Ixcaquixtla, Puebla; en 1920 Samuel Vargas, de Valle de Bravo, Estado de México; en 1922 Acisclo Pérez, de Hércules, Querétaro; en 1924 Luis Navarro, de Orizaba; en 1926 Eduardo Gonzales, de Aguascalientes; en 1928 Eduardo Walles, de Puebla, y en 1930 Abraham Sarabia, de Chilac, Puebla: todo inmigrantes y ningún nativo. A pesar de ello, estos transterrados consideraron como su nueva tierra a este pequeño pueblo nacido alrededor de una gran fábrica. En la imagen, los miembros del Ayuntamiento de 1926-1927: Francisco T. Olivares, Guillermo Vázquez, Eduardo González, Juan Porras y Guillermo Quiñones.

En 1934 comenzó la construcción de La Alameda frente a la estación del ferrocarril. Los maestros de todas las escuelas realizaron una de las primeras siembras de arboles, junto con las autoridades municipales, quienes se encuentran sentadas escuchando el discurso del profesor Arnulfo N. García, parado sobre una mesa.

Al hacerse cargo de la administración local, los obreros actuarían algunas veces presionados por las necesidades más apremiantes de la población y otras en virtud de sueños a los que no querían renunciar, pero siempre atentos por mejorar este territorio en el que venían morando desde varios años atrás y que solamente ahora ocupaban de verdad. Imagen del centro de Ciudad Mendoza a mediados de la quinta década del siglo pasado. A la izquierda, el palacio municipal; a la derecha, el templo parroquial de Santa Rosa de Lima, erigidos ambos en su fase inicial con el financiamiento de la fábrica textil bacelonnette Santa Rosa.

Por muchas obra y maniobra política, según el profesor John Womack, la Legislatura del estado acordó elevar muy tempranamente a la categoría de ciudad a la villa de Santa Rosa, el 13 de julio de 1933. El cambio de nombre de Santa Rosa a Camerino Z. Mendoza fue en memoria del general maderista asesinado el 8 de marzo de 1913. Junto a las autoridades locales se ve a Miguel Alemán Valdés, de traje blanco y sombrero de carrete, alistándose para iniciar su incursión en serio en la política nacional.

Comité ejecutivo del Sindicato de Rio Blanco. De pie, Enrique Muñoz, José Samaniego y Valencia, Alfonso M. Pérez y Emilio Aldaraca; sentados, Arnulfo León, Enedino García, Pedro Díaz Pérez y Atanasio Herrera. Este era un comité notable: aquí estaban los dos visionarios fundadores de la Escuela Textil, Pedro Díaz y Arnulfo León. Se encontraba también el poeta y empresario cultural local Alfonso M. Pérez, y además figuraba José Samaniego y Valencia, líder que mayor número de veces ocupo la secretaria general del sindicato en distintas épocas.

Dentro de los proyectos sindicales estuvo la creación de un Banco Obrero, que funcionaria para otorgar préstamos a los trabajadores a partir de un fondo inicial aportado por el sindicato, en su mayor parte, y complementado con dinero de la empresa.

Desde 1924 se crearon las cooperativas de consumo, con el apoyo del gobernador Adalberto Tejeda. Además, las compañías dieron una contribución económica para constituir el capital inicial.

Una peculiaridad del sindicalismo orizabeño fue la gran fuerza de su proyecto social en las comunidades textiles, el cual comprendía una amplia gama de instituciones establecidas para el beneficio material y moral – como se acostumbraba decir – de las familias obreras: la cooperativa, el banco de ahorro y de préstamos, las escuelas para niños y adultos, las bandas de música, los clubes deportivos, las orquestas y los talleres de enseñanza de oficios. En la fotografía se aprecia el edificio del sindicato de la fábrica de San Lorenzo (Nogales) y un amanta de apoyo a la legislación radical del gobernador Adalberto Tejeda.

Si los pobladores de Santa Rosa sintieron orgullo por haber construido su escuela América, los rioblanquenses se ufanarían justificadamente de haber fundado la Escuela Textil, uno de los establecimientos pioneros en la enseñanza técnica del país y el antecedente del Tecnológico de Orizaba. A pesar de que sus orígenes se pueden remontar hasta 1915 , en realidad fue en 1925 cuando comenzó a funcionar como centro de capacitación técnica, en gran medida gracias a la tesonera labor de los trabajadores Pedro Díaz Pérez y Arnulfo Fuentes León.

La Escuela Textil de Rio Blanco, establecida con el objetivo primordial de elevar la calificación técnica de los trabajadores, sirvió igualmente para ubicarlos en mejores condiciones para participar en las negociaciones salariales y contractuales.

El comité de educación del Sindicato de Rio Blanco estableció diferentes escuelas para que los hijos de los obreros, y los mismos trabajadores, aprendieran oficios como la carpintería a la sastrería.

Edifico de Sindicato de Obreros y Artesanos de la Industria Cervecera y Conexas – de la Cerveceria Moctezuma --, que en 1958 se cedió generosamente en comodato al Instituto Regional de Bellas Artes de Orizaba, para beneficio de la cultura de la población.

Las Fiestas Patrias, junto con las celebraciones del 30 de agosto, día de Santa Rosa de Lima, patrona de la población, eran de las efemérides más importantes de la población después de los aniversarios sindicales. Aquí, un carro alegórico de la Unión Central de colonias durante las celebraciones de 1928.

Carro alegórico de la señorita América en el paseo de las Fiestas Patrias en 1927, en Santa Rosa. Arriba se aprecia el arco que anualmente se instalaba en la avenida Hidalgo. En el extremo izquierdo, de sombrero y corbata de moño, se distingue a Delfino Exzacariaz, El Chato, quien llego a trabajar en la construcción de la fábrica, acarreando tierra con su mecapal, en 1897, y que ya para la segunda década se había convertido en mecánico de los talleres de la fábrica.

El culto al llamado Benemérito de las Américas, Benito Juárez, se mantenía con gran vitalidad en los programas escolares de las escuelas públicas e la cuarta década del siglo. Aquí un festival de la Escuela América en el verano de 1933 por el LXI aniversario de su muerte.

A mediados del siglo pasado, en que todavía el eje de la vida local era la industria textil, los carros alegóricos de las Fiestas Patrias llevaban en ocasiones maquinaria de las fábricas. Aquí, un trocil del Departamento de Hilados como telón de fondo de tres agraciadas muchachas de Santa Rosa que portaban los colores de la bandera nacional.

Cuando algunas de las orquestas típicas, conformadas por seis o siete elementos comenzaron a desintegrarse, el sindicato promovió la reunión de estos ejecutantes para conjuntarlos en la agrupación musical Abundio Martínez.

El valle de Orizaba, a diferencia de otras regiones de Veracruz, no generaría una música propia. Aun así, con el arribo de los inmigrantes llegaría toda una corriente sonora del altiplano central y del sur del país, especialmente de Puebla, Tlaxcala y Oaxaca. La música de aliento y de cuerdas cobraría una gran fuerza gracias a la fundación de numerosas agrupaciones musicales.

En una de las galeras de mampostería que la fábrica de Santa Rosa levanto para albergar a sus trabajadores, pegada a la “Escuela del Radio” y a la biblioteca del sindicato, se instalo esta modesta Academia de Música para los ensayos de los ejecutantes de la banda de música de alientos.

Bajo la batuta del maestro Fidencio Hernández – excelente músico y arreglista originario de Tehuacán, Puebla --, la Banda de Instrumentos de Aliento del Sindicato de Santa Rosa alcanzo su mayor nivel interpretativo. Aquí posa en un festival sindical de la CROM.

Para los años cuarenta el sindicato de la Cervecería Moctezuma se consolido como una de las agrupaciones más importantes de la región orizabeña; por tanto no podía dejar de tener una banda de música tan bien conjuntada como la que se ve en la fotografía.

El espectro musical apoyado por la Confederación Sindicalista de Orizaba incluía hasta las populares jazz-band. Con el trombón se puede identificar al futuro dirigente del gremio musical: Venus Rey, Venustiano Reyes López.

Antonia Peregrino, Toña la Negra, acompañada del conjunto tropical Veracruz – con El Chino Ibarra en la trompeta --, cantando en un festival de aniversario de la fundación del Sindicato de Santa Rosa.

El valle de Orizaba no escapo al florecimiento que alcanzo la música del mariachi por todo el país después de la revolución. Este grupo se formo en Santa Rosa, pero contaba con el patrocinio de la Cervecería Moctezuma de Orizaba.

Los textiles de la fábrica de yute Santa Gertrudis, de la ciudad de Orizaba, no podían permanecer al margen de la fundación de bandas de música que se dio en todos los sindicatos del valle.

Aun cuando nunca formo parte de la cúpula dirigente más cercana a Luis N. Morones, el licenciado Vicente Lombardo Toledano fue la figura intelectual más reconocida de la CROM. En esta imagen se encuentra en una comida organizada en su honor por los orizabeños, con quienes mantuvo estrechas relaciones hasta la ruptura de 1932, en que renuncio a la CROM – acusándola de corrupción, prevaricación y utilización de su fuerza política para los fines personales de Luis N. Morones – y descolló en su singular carrera como dirigente sindical y político.

El coronel Adalberto Tejeda, Gobernador del estado de Veracruz, con los obreros de la fabrica Cerritos. Conocido ampliamente por su agrarismo y jacobinismo anticlerical, también desempeño un papel protagónico con relación al movimiento obrero del estado. Cuando en 1932 los sindicatos de Orizaba se fueron a la huelga, en pos de la promulgación de la ley estatal de enfermedades profesionales, el coronel dicto dos decretos que respondieron a la demanda obrera.

Martin Torres Padilla, presidente municipal de Orizaba, a la cabeza del magno desfile obrero organizado en honor de los delegados a la Decima Convención de la CROM, celebrada en la ciudad de Orizaba en septiembre de 1932.

Reunión celebrada en Manzanillo, Colima, entre el presidente Lázaro Cárdenas del Rio y el dirigente santarrosino Eucario León López. Este encuentro, efectuado en la Unión de Estibadores y Jornaleros del Pacifico, se realizaría mientras la CROM celebraba su XII Convención Nacional en el año de 1935.

Ni siquiera con la expulsión al exilio que sufrió Luis N. Morones, a manos del presidente Lázaro Cárdenas, se rompió la vinculación que los sindicalistas orizabeños – y en particular los de Santa Rosa – mantenían con el antiguo hombre fuerte del sindicalismo mexicano. Hasta la ciudad de Nueva York fue una nutrida delegación de santarrosinos a visitarlo, y cuando regreso a México fue recibido con todos los honores en la Escuela Esfuerzo Obrero.

 

En 1935 se rompería la unidad y aflorarían las ambiciones por controlar de manera personal el poder regional. Los conflictos intergremiales iniciaron en torno a una disputa por el Ayuntamiento de Orizaba. La disputa adquiriría mayor encono cuando se fundó la Confederación de Trabajadores de México (CTM), en 1936, y los disidentes de la fábrica Cocolapan buscaron afiliarse a ella. En 1938 ocurriría la segunda gran ruptura con la creación de la CROM antimoronista a partir del Sindicato de Rio Blanco. Las escisiones vinieron acompañadas de sangrientos choques.

Fue una gran tragedia ver como los obreros caían heridos por armas blancas o abatidos por las balas que se disparaban entre sí. Detrás de esto estaban lo mismo disputas ideológicas, la creación de Partido de la Revolución Mexicana (PRM), la pugna entre callistas y cardenistas, pero sobre todo, ambiciones por parte de las dirigencias por obtener mayores cuotas de poder. La división derivo en un agudo enfrentamiento entre los sindicatos Santa Rosa y Rio blanco, encabezados por Eucario León y Martin Torres respectivamente, desapareciendo así el clima de convivencia y de solidaridad en que habían coexistido ambas poblaciones.

Despedida de los empleados al ingeniero Evaristo Araiza, quien fue el primer administrador mexicano de la Santa Rosa, a su lado Eucario León. La política conciliadora de este calificado directivo sonorense, de alguna manera, repercutió en la disminución de la intensidad del conflicto entre obreros y empresa.

Banquete ofrecido al presidente Lázaro Cárdenas del Rio por el Sindicato de Santa Rosa en enero de 1938. A su lado Eucario León López, el máximo dirigente del sindicalismo orizabeño junto con Martin Torres. Nació en 1901, en Santa Catarina Lachatao, en la Sierra de Juárez; llego siendo niño a Santa Rosa llevado por su padre de oficio carpintero. Pasando el tiempo fue creciendo y desenvolviéndose – con tesón oaxaqueño – como sindicalista, hasta convertirse en los treinta en el líder indiscutido de Santa Rosa. Dirigente de grandes capacidades, en 1932 comenzó a tener proyección nacional cuando alcanzo la secretaria general del comité central de la CROM. En la imagen también se distingue al general Manuel Ávila Camacho, al licenciado Miguel Alemán Valdés – gobernador del estado --, y de pie, Gustavo Díaz Ordaz.

El conflicto intergremial entre los orizabeños alcanzo tanta violencia que el propio presidente de la república, el general Lázaro Cárdenas, tuvo que intervenir personalmente para que este no adquiriera proporciones mayores. Aquí se dirige a la multitud obrera desde el Palacio Municipal del Ayuntamiento de Orizaba en enero de 1938. El presidente llegaría a declarar durante su estancia: “que no tenia preferencia por central obrera alguna, y si sentía simpatía por toda la clase obrera sin distinción”.

De manera casi natural, dado sus diferencias con el cardenismo, una buena parte de los sindicalistas orizabeños se volcarían en torno a la candidatura del general Juan Andrew Almazan en las elecciones de 1940. Finalmente se impondría en la elección la candidatura del general Manuel Ávila Camacho y los cromistas orizabeños con dificultad contendrían su frustración.

Grupo de obreras textiles de la fábrica Santa Rosa portando amplios y vistosos sombreros durante un desfile sindical del 1° de mayo de 1945, en la ciudad de Orizaba. Esta es otra de las escasas imágenes tomadas a las trabajadoras textiles.

Sus protestas y proyectos eran reproducidas en su prensa, en el periódico Pro-Paria, como una muestra de su fuerza y capacidades políticas y sociales. Por tal motivo, desde tempranamente llevaron una memoria iconográfica pormenorizada de su activismo sindical. Si antes los obreros habían sido objetos de las fotografías, ahora se convertían en sujetos y estaban muy atentos a ser fotografiados para aparecer en las publicaciones obreras. Sabían claramente para que servía la propaganda y la relevancia que tenia la imagen fotográfica.

Obreros de Santa Rosa a su paso por la población Rio Blanco. El orden con que desfilan hacia Orizaba contrasta con las manifestaciones más espontaneas y multitudinarias de la tercera década. Sin duda, la clase obrera y su organización estaban cambiando.